miércoles, 22 de abril de 2009

Mujeres de, mérito propio

 Por María Gabriela Mizraje 


 Recorrer los textos escritos por mujeres argen­tinas en el siglo XIX demostraría que las mujeres con inten­tos literarios, si bien no son muchas, son más de lo que en gene­ral se cree. Juana Manue­la Go­rriti, Eduarda Mansi­lla, Josefina Pelliza, Juana Manso, Rosa Guerra, Eugenia Echeni­que, Agustina Andrade, Celesti­na Fu­nes...  Mujeres reco­nocibles, en gran medida, por sus fi­liaciones con los hombres: hija de, hermana de, madre de, esposa de, amiga de suelen ser los giros que en­cabezan las explica­ciones obli­gadas para definir­las, porque el rol pú­blico (po­líti­co, mi­litar, cultu­ral) de esos varones de su entorno permite, de algún modo, hacer extensiva la pri­vacidad de tales mujeres. La tensión está aquí: ingre­sar a la esfera de la publi­cidad por `mérito propio´ –que en el caso de las mu­jeres solo puede ser algo así como un "mérito equiva­lente"– o hacerlo por conti­güidad.    
El apellido, la virilidad funcionan como entrada; la profesión, la femi­nei­dad, como salida. "Las letras" en tanto metáfora de la fama son el lugar idílico al cual se anhela acceder y constituyen un espacio permea­ble a la femi­nei­dad, acaso porque la escritura –y especialísima­mente la de las mu­jeres– es algo que puede desarrollarse dentro del ámbito de lo domés­tico. Si a esto se suma una intención pedagógica, una retó­rica que hace su anclaje en los tópicos para, a partir de ahí, le­vantar axiomas de moral y civi­lización, se comprenderá que tal litera­tura sea tolera­da, e inclu­so propiciada, desde una hege­monía tan po­derosa como an­drocén­trica; siendo que, además, no se entabla una dispu­ta por el pú­blico: el público se distribuye.   
 La audacia resulta un rasgo que los varones prueban en la guerra y pueden probar en literatura. La dulcificación (que suele devenir edul­corante) debe ser el rasgo constitutivo de ellas. Atenuación, eufe­mis­mo, reticencia, silencio.    En ese orden, J. M. Gorriti, para quien el paradigma ineludible son las luchas independentistas protagonizadas por su padre, no duda en decla­rar en su diario –a propósito del 2 de Mayo peruano de 1866– que "[las bombas] un puñado de valientes, agrupados en improvisadas bate­rías, se pre­paraban a rechazarlas, noso­tras, cuyas armas son las plega­rias, or­nába­mos con reliquias el pecho de nuestros defensores". Las tareas que­dan, así, bien delimita­das: las cosas del cielo y las cosas de la tie­rra, las cosas del adentro y las del afuera de la casa, la lírica y la épi­ca, en una serie de dicoto­mías que van a reforzarse en la oposición cristiana y principal de cuerpo y alma.    Un azar de la cronología quiso que dos escritoras que, por genera­ción y diferencias personales apenas se rozaron, convergieran en un fin de año en Buenos Aires cargado de epitafios: 1892. Aunque a la más joven, Eduarda Mansilla, le incomodara el agrupamiento con la vieja maestra, se torna ineludible que a la hora de referirse a las princi­pales escrito­ras del XIX en la Ar­gentina, se las reúna.   
 Si las posibilidades de la señorita Mansilla, más tarde señora de García, son mayores, dada su doble condición de miembro de la oligar­quía y porteña ("Porteña" era, precisamente, uno de sus seudónimos, es decir: uno de sus escudos), la repercusión alcanzada por Gorriti la su­pera. La imi­tación, la adulación, el plagio, la admiración, la consulta y hasta la traición que rodean a la salteña, el séquito de artistas y de aficiona­dos, hombres y mujeres, hacen de ella una figura inequipara­ble dentro de las escritoras argentinas del siglo pasado.    La anciana mujer de letras, requerida por tantos, lamen­ta, mientras ironi­za, no tener re­lación con Eduarda. De las dos razones que ésta alega, las de edad pa­re­cen ser menos determinantes que las políti­cas: Juana Go­rri­ti había es­crito con­tra Rosas y esa afrenta para la sobrina tra­duc­tora era algo compro­meti­do.    Las hojas del calendario son más livianas que las del árbol genealó­gico. Entre esos dos papeles fundamentales del siglo XIX, la pie­dra de to­que para la relación impo­sible va a estar en el apellido ma­terno de Eduarda, pero no más que en las condi­ciones de cla­se susten­tadas por el apellido Man­silla.    
Gorriti (1816-1892) se encarga de conjurar tanto la vertiente de la crono­logía como la del abolengo: en con­tra de la primera trabaja en Lo ínti­mo, su diario, con una estructu­ra mo­saica, de fragmentos autóno­mos, con salteos o vaivenes de los luga­res y las fechas sobre los cua­les se sus­tenta, y allí mismo alude a su ín­tima amistad con Josefina Pelliza (1848-1888) –más joven aún que Eduarda (1834-1892)–, explici­tando con­sideraciones en torno a la edad. La otra refutación apa­rece cuan­do un conocido le pide los "títulos" de sus antepa­sados y las ar­mas de su fa­milia y Gorriti, desdeñosa, quiere eludir pero mues­tra ta­les "sig­nos de no­ble­za", rememorando que su padre los llama­ba, con des­precio, "oro­pe­les de la reyecía".   
 Inserta en el diario entre los espacios de 1892, esa anécdota vie­ne prácticamente a continuación del único co­menta­rio relativo a Lucio Victorio; las argumentaciones del "hombre de brillante vida mundana" son, en lo esencial, análogas a las de Eduarda.    ¿Qué ocurre entonces con esa respuesta íntimo-públi­ca, en la que se in­forma que "en cada pieza de nuestra antigua vajilla ha­bía un escudo de armas"? ¿Abolengo para reprochar o sedu­cir a los Mansi­lla?    
 Acaso por el rastro de los antepasados más de una diferencia, en términos políticos, se matizaría. El "Pachi" Gorriti, caudillo federal, o las oscilaciones de Lucio Norberto Mansilla o el casamiento de Eduar­da con el hijo de un declarado antirrosista harían su contribución.   
 Parecen ser las otras, las distinciones sociales, las que determinan la divi­sión irreversible entre ambas, y Juana Manuela las percibe con cla­ridad. Es por ellas que mientras Gorriti viaja por América detrás de exilios, traba­jos, climas favorables a su salud, nece­sidades familiares o, también, gus­tos y nostalgias, Eduarda Mansilla de García pasea por Estados Uni­dos y Europa, po­niéndose en contacto con los personajes más relevantes del momento, como  Abraham Lincoln, el Duque de Chartres o H. W. Longfe­llow.    
Mientras Juana Manuela traduce, por ejemplo, para La Alborada del Plata, en 1877, del original quichua, el "Manchay Puitu", Eduar­da Man­silla es, de adolescente, la llamativa intérprete entre Rosas y el conde de Walewski, así como la presumible colaboradora de las traduc­ciones que su esposo Manuel R. García hace, en 1866, de Edouard Labou­la­ye.   
 Gorriti opta por el indio (ya desde Sueños y Realidades -1865-, Panoramas de la vida -1876-, Misceláneas -1878); Mansilla, por el gau­cho (Pablo ou la vie dans les Pampas -1869), y estas elecciones hablan de una mirada de la historia y del arraigo. Se trata de dos for­mas de conce­bir el afamado "nacionalismo".   
 J. M. Gorriti pone en circulación el yaraví, es ella quien, desde sus veladas literarias de Lima, autoriza a la gente "culta" a escuchar esta música popular y autóctona. E. Mansilla, amiga de nombres resonan­tes como la contralto Marietta Alboni y el tenor Enrico Tamberlick, musicaliza poemas de A. Lamartine y V. Hugo.   
 Si Santiago Vaca Guzmán, Santiago Estrada, Pastor Obligado prologan los textos de Gorriti; Laboulaye, Caleb Cushing prologarán los de Man­silla, y Horace Mann o su lúcido hermano Victorio harán la traducción.    Alejados epistolarios permiten ver cómo Ricardo Palma comenta y ce­lebra (excepto en el caso de Co­cina Ecléctica) la obra de Gorriti, y E. Mansilla recibe, para Pablo o la vida en las Pampas, un amplio elogio de Víctor Hugo.  
  Las cartas están echadas: R. Palma y Víctor Hugo son las expresiones condensatorias de un sistema cultural de relaciones. 1892 propiciará la intersección de dos entierros literarios: palmas y victorias fúnebres para ambas escritoras argentinas.    
Y algo definitorio: las mujeres de nuestro país tenemos que hacer "buena letra". 

  Artículo aparecido en:Página/12, Suplemento de Cultura, Buenos Aires, domingo 14 de marzo de 1993. 

© María Gabriela Mizraje, 1993. Todos los derechos reservados.   

 

 

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